Opinión
Por Redacción , 16 de septiembre de 2022 | 11:34

Columna de opinión: La consentida y la reina

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Un septiembre acontecido es el de este 2022. En Gran Bretaña siguen las tradiciones por la partida de su reina y en Chile las tradiciones se lucen con el aniversario patrio. Crédito: redes sociales.
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Por Víctor Pineda R.

Nos parece que este año ha sido singularmente lluvioso, al estilo de lo que ocurría hasta los años 80, pero por mucho que tengamos el asado pasado de agua y tengamos que bailar cueca chapoteando sobre las pozas, la implacable Dirección Meteorológica de Chile nos recuerda que en Valdivia persiste un déficit de precipitaciones de 16,7 por ciento, mientras que en Osorno alcanza a un 12,5 por ciento, al tanto que en Puerto Montt llega a un 18,2 por ciento.

Con eso se nos caen las sensaciones que nos hacen creer que este año ha llovido demasiado y que estaría bueno que San Isidro nos ofrezca una merecida tregua dieciochera para conmemorar como corresponde las fiestas que tienen el enorme valor de unir a un pueblo que en el último tiempo se lo ha pasado poniéndole cara de poto hasta a sus propios hermanos.

El 18 y sus derivados tienen la gracia de que, con un par de cañonazos de terremoto en la cabeza y un par de empanadas en la guata, la bestia se calma, se emociona con “La Consentida” y se convence de que se trata de pasarlo bien y postergar por lo menos hasta la próxima semana las broncas y rencores con el que piensa diferente.

Como con trago la memoria se debilita, queda poco por qué pelear. Lamentablemente, no faltan los curados odiosos, que arman camorra con o sin motivo, o los irresponsables que insisten en que con el gorila al hombro manejan mejor que sanos y buenos y que invariablemente terminan en una comisaría o en el hospital y más encima con un doloroso saldo víctimas en la bitácora. 

Que no se crea que estoy haciendo una apología al alcohol. Solo decimos que en razonables cantidades afloran los que quieren pasarlo bien y pierden el temor al ridículo hasta el punto de que saltan al ruedo a mandarse una cueca sin tener idea de movimientos y pausas. Se ponen patriotas y eso tiene su gracia.  

Las Fiestas Patrias chilenas llaman la atención entre los extranjeros que tienen la ocasión de conocerlas, sentirlas, apreciarlas y, especialmente, sorprenderse.

Desde nuestros vecinos, ya más acostumbrados al fenómeno, hasta los venidos de tierras más lejanas, quedan con la boca abierta cuando se enteran de que los festejos llegan a durar cinco días y, si la situación es propicia, una semana entera.

Es lógico que se sientan anonadados, porque en la mayoría de los países la fiesta nacional no pasa de ser un día festivo, con una parada militar y el lanzamiento de fuegos artificiales, pero nada de fondas, terremotos cabezones, juegos populares, asados colectivos y derechamente excesivos, empanadas kilométricas, viajes a la casa del familiar que tenga mejor panorama, ni reventones de presupuesto, con avance en efectivo incluidos. Y si en otros lados lo hacen, ¿por qué no nosotros?, así que vamos dando a las paradas o desfiles comunitarios. 

El epílogo de tanto carrete es conocido. Un par de kilos más en la panza y un par de kilos menos en los bolsillos.

Todo lo anterior tiene que ver con nuestro espíritu profundamente republicano (no confundir con el partido de ese nombre).

En Fiestas Patrias cada uno de nosotros rinde un homenaje a la Patria, en su estilo. Para alguno basta con el placer de estar en casa descansando, pero para otros más entusiastas si no terminan reventados, no vale.

Por estos días hemos estado atentos al ceremonial con que los británicos despiden a su reina y, aunque algunos digan que no están ni ahí, porque les revientan las monarquías y sus excesivas tradiciones, estoy seguro de que todos han echado una miradita a la tele.

Yo lo he hecho. Reconozco que admiro la cultura británica, aunque tengo claro que todos los imperios tienen las manos un poquito o muy sucias. A ellos les perdono todo por haber engendrado a John, Paul, George y Ringo. Si a alguien le parece insuficiente, I’m sorry.

Hablando más racionalmente, ambos acontecimientos, nuestros festejos y el funeral de Su Graciosa Majestad, nos muestran cómo conviven dos culturas tan diferentes. A la distancia, es cierto, pero con bastante cercanía en la cabeza.

Me intriga el desayuno inglés, con porotos, tocino, huevos fritos, tomates, champiñones, pan tostado y una taza de té para equilibrar la bomba de colesterol, tal como a ellos a lo mejor no les gustaría una chorrillana a las once de la noche, pero ahí ven que es posible la convivencia con gustos y tradiciones diferentes.

Es lo que ocurre cuando los vemos paseando el féretro de la abuela por varios puntos del territorio, siempre rodeado por los espectaculares soldados coronados por esos cascos de piel de oso que los dejan midiendo como tres metros, y el despliegue de uniformes cual de todos más vistoso entre los cercanos a la familia y la cúpula militar.

No sé como la gente no se levanta contra ese derroche, me decía un amigo, pero si a ellos les gusta, ¿qué le vamos a hacer nosotros, que estamos al otro lado del mundo? Cosa de ellos, como cosa nuestra son las festividades dieciocheras que duran varios días.

Veo al nuevo rey y me cuesta creer que haya llegado a la cima. Por décadas vi a Carlos como resignado a quedar como príncipe vitalicio. Dicen que el pueblo británico nunca lo ha querido, pero el hombre se está empeñando para dar vuelta la situación.

Hace bien Charlie. Tiene que esforzarse para borrar el recuerdo de su antecesor Carlos I, el rey que terminó separado. Separado, pero no por divorcio o nulidad, sino separado en dos. Perdió la guerra civil en el siglo XVII y más encima lo pillaron jugando chueco, es decir, había pedido ayuda a un ejército extranjero para ganar la mocha y eso es traición a la Patria allá y aquí. Después de un juicio lo separaron, la cabeza rumbo al norte y el cuerpo con destino al sur. God save the King, le dijeron.

 

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