Encontré hace años un título para una obra que perfecciono, y que se ha escuchado ya en algunos de mis programas de radio de los gloriosos días ochenteros: La Vida Coyhaiquemente. Lo conservo porque se convirtió en todo un himno de solazamiento y arte nostalgioso. Como ir abriendo puertas en un viaje que no termina. Cerrarlas para que se abra la siguiente.
Aunque no era mi intención perturbarlos con tanta monada de niñito consentido, de tanta abuela tomándome en brazos y llenando mi piel blanca del humo fuerte de los Particulares, me parece muy justo volver a encontrarme con aquellas visiones ya construidas y a la vez destruidas por el olvido Encontraría después de un tiempo esas cajetillas que dejó la abuela Chayo a su muerte. Estaban cerca del velador y una tarde oscura que fui a espiar la piecita sola, al día siguiente de la fiesta de cumpleaños con guaguas en cochecitos, me la encontré en un paquetito con papeles coloridos y una cinta que no era conocida. (Yo digo que se trata de una cadena de resonancia donde lo que pasó y la eternidad celebran juntos un encuentro indestructible).
Pero pienso que es algo que debo compartir con los que me siguen leyendo, ciertos eventos que parecieron ser insignificantes y cotidianos en la primera infancia se convierten en grandes eventos durante la madurez. Cada aroma es distinto al otro y me permite diferenciar, lo mismo cada diseño y estampado de los vestidos de las mujeres que contienen significados desiguales, a tal punto que en un solo día, por observación, desfilan cientos de esquemas, bosquejos, colores y matices, pero además, se yerguen todos los hedores posibles y sus gamas y graduaciones olfativas, hasta atiborrarme los sentidos y enclaustrarme con un ánima sensorial de primer orden en la escala del goce y la sensualidad. Eso pocos lo han sentido y pocos los han escrito.
Los aromas de tiempos inmemoriales
Ahí están los olores del café de 1954 y el intenso matiz verduzco de la palta triturada y su fruto fuerte y penetrante, el vapor almizclado de la leche inmediatamente después del hervor, las hogazas recién llegadas en paños blancos sobre un cesto de rama de sauce, los chasquidos de crack del tallo de la nalca al partirla en dos, el fuerte aroma frutilloso del trébol de las praderas del Cinchao, la miel Golden Syrup importada del Reino Unido y la cocoa peptonizada Raff a la hora de las once mientras llueve a chorros y uno se queda mirando el patio para ver caer la noche que se viene negra y tumultuosa por entre los álamos altos; los helados de vainilla del café Oriente de la calle Condell mirando hacia la plaza, los perfumes de mamá que bajan solos desde el piso superior, sin que uno lo pidiera; el aroma de la habitación cuando barre la Teresa y el polvo que queda suspendido oliendo a desabrimientos; el agua fría de los inviernos, los chocolates que vuelcan alegrías durante las tardes, el violento olor de la pólvora de los petardos y guatapiques durante las fiestas de la patria, la tinta Stephens cuando estoy aprendiendo a escribir…con esa pluma de palo de madero cónico durísimo, tan cómoda entre los dedos infantiles. Y la voz sensorial y profunda de la profe Sandoval.
Me acompañaban los perros grandes y juguetones, corriendo por las laderas de las colinas, salieron como una exhalación debajo del sol de los estíos. Yo visto pantalones cortos y unas sandalias de plástico que el tío Dante me ha traído de Comodoro. Esas voces argentinas del Chemil Valdés de Sarmiento, de Ricardo Mackay de los arroyos secos del Senguer, de Laibe enterrado en los húmedos musgos del puerto. O esos tan cercanos obreros gauchos de la pensión El Sol, que marcan también un poco los acentos de mi propia curva melódica. Todo es trémulo y perfecto para una niñez que acaba de comenzar, con la vida ya de alguna manera lista, como terminada de prepararse para uno.
Y porque de cada puerta sale un agitado saludo, y porque también de gente que sale al patio al paso del saludo, porque se está muy bien así. Acaso sea la forma de llevarme hacia atrás en busca de este otro tiempo que respiro. Es imposible saberlo.
El joven Almonacid de Cochamó
Ahora lo veo a Almonacid que anda de aquí y para allá, reposado y cauteloso, pero tan alegre y sonreidor, alguien que sabe establecer las medidas de su comunicación, y entiende profundamente la vida de esta tierra de hace cincuenta y tantos años. Por eso, lo que me cuenta se traduce en magia y en sorpresa, un puñado de palabras con encanto del tiempo que comienza a regresar. Es oriundo de las llanuras de Cochamó, desde donde se ha venido inmediatamente después de haber cumplido 31. Un joven madurando, uno de esos tipos ansiosos por seguir descubriendo el mundo que le ofrece el azar de una juventud inviolada, plena de acertijos y misterios y muchas puertas que se abren sin mover nada, con sólo pensarlo. El mismo lo dice: era lo mismo pasarse de una cordillera a otra. Estimo que algo muy indefinido se mantiene siempre al lado de Almonacid cuando desembarca en el Áysen en Enero de 1935, sobre el muelle para aguas profundas del Puerto Piedra, luego de abandonar las butacas de madera vieja del vapor Laurencia.

Tiempo después, Almonacid se hace cargo de una importante obligación para ese Coyhaique del pretérito. Llega a ser uno de los primeros funcionarios pagados de la Caja de Ahorros desde los albores de 1941. La casa, que se mantiene igual hasta nuestros días, la construye junto a varios otros carpinteros, y es de propiedad de Alberto Brautigam Lühr, quien la cederá en arriendo a la Caja de Ahorros en la suma de 400 pesos de la época. Un lugar histórico que luego albergaría en sus generosos espacios las oficinas de la Aduana, cuando estaba el funcionario Quinteros como Jefe.
Un Círculo de Cultura en 1954
Coyhaique es una comunidad unida por el propio esfuerzo colectivo, con un pueblo que se ha formado como una gran familia unida por la amistad verdadera y la participación de todos por igual, porque se conocen unos a otros, los espacios son especiales, restringidos a la intimidad, la calle larga, el hogar de todos. Voy a entrar, pero me arrepiento. Siento que el libro me entrega imágenes del Ateneo en Coyhaique. Ahí, metido entre los intelectuales. Me doy el gusto de pasearme por esas hojas ya amarilleadas en libritos corcheteados de 16 hojas que corren de mano en mano por las calles y el comercio de la ciudad. Ahí sobresalen Gabriel Santelices y su grupo El Ateneo que han echado a andar la Academia Literaria de los 50. Los ejemplos podrían llenar muchas páginas. Uno de los testimonios revisados dice relación con las tablas y el telón a fines de la década de los treinta, cuando Miguel Chocair integra las comparsas circenses que llegan desde Santiago. Trabaja de lleno en el fondo de los telones y a veces se instala de consueta para el primer grupo de actores en serio que nació en Coyhaique y que llevó el nombre de Alejandro Flores.
Son los primeros balbuceos de las tablas. Chocair me relata detalles de actores jóvenes que quieren de alguna manera integrar los grupos para reunir fondos sociales y echar a andar sus sueños de actuación. Pero están demasiado solos y limitados financieramente y sus padres o parientes no les acompañaban ni aprueban aquella revolucionaria idea. Chocair, al contármelo, sugiere que es mejor así, ya que jamás se van a reconciliar las ideas.
—No sabes cómo quiero a tu padre —me ha dicho durante una larga tarde de chubascos y relámpagos. Una de las ventajas de ser joven en esos tiempos es que las ideas que se llevan a la práctica no existen todavía, es decir nadie o casi nadie las ha lanzado todavía. El bombazo no llega aún.
Y en Puerto Aysén se hace radio
El viento trae el impulso de las historias de vida, los aromas de mar adentro. Ciertos jóvenes hacen brotar ideas entre los humedales y hablan ya de la radio en el histórico hotel Plaza del puerto, y se las ingenian para lanzar una señal que recorre casi todas las calles del centro. En la lejana época de mediados de los años treinta, época poco y nada se baila, sólo se toma un chocolate caliente en medio de una kermés o se novia formalmente en casa de la chica bajo la atenta vigilancia de alguien con cronómetro en mano. Entonces la energía hay que canalizarla hacia los centros mismos del arte. Pasquines, diarios murales, boletines y mensajes escritos en máquinas Burroughs son el pan nuestro de todos los días. Está prohibido andar por la calle más allá de las nueve o partir a fiestas más allá de la medianoche o lucir pelo largo. No se acostumbra garabatear a nadie ni se comparten las mesas con las visitas. Es obligación ir a misa y confesarse los domingos, ayudar en las labores del hogar, estudiar la mayor parte del tiempo, especialmente las poesías memorizadas y la historia de Chile.
Los carros en las calles

De pronto se oye un fragor sordo del paso de las ruedas del carro por sobre el ripio suelto. ¡Los carros avanzando por siempre! Me acuerdo de Legüe, de Marilicán, de Salitas... Lejos de aquí, en plena década de los cincuenta se respira la época de carros en Coyhaique. Se han comenzado a terminar los caminos malos, se abren las calles de la ciudad con detonaciones y se vive un desorden descomunal.
Los carros siempre avanzaron rechinando, como escondidos en sus siluetas de campo, con aromas de bestias sudorosas y hombres de nuestro pueblo, casi mágicos en el recorrido por la historia. Por ahí andan todavía, cargando sus maderos y fierros Juan y Domingo Fuentes, José Orellana y Sixto Pinto, abalanzados al alcance de calles ripiosas, de polvorientas rutinas, de vientos fuertes de la Patagonia. Pasan por todas las huellas, las presencias inolvidables del parsimonioso Manuel Torres; del carrero sabio Alejandro Sudán; Aníbal y Arnulfo Troncoso, los gauchos del Valle Simpson; Vicente Maureria y Gabriel Zurita, estirpes generosas de las mesetas del Ibáñez.
El carro endilga hacia las alturas y propone la subida por Simpson, hasta topar con la Ogana al final, en las mismas poblaciones. Hasta ahí van a dar los carromatos con chirridos de viejas ruedas de los ruidosos Villagrán del Ibáñez, de José Lillo y Crescencio Vallejos, de los Valdeses, la paciencia inveterada de Antolín Luna, el resuello de cansancio de Manuel Salas, con su pucho en los labios mirando el horizonte, del loco Avelino Martínez con su risa franca y honesta, de Marilicán el aguatero. Todas las horas del carreo transcurren sin prisa, entre jornadas llenas de esfuerzo intranquilo, de frío superlativo, de esa esperanza que propone crecer y observar el crecimiento. ¿De qué luminosa materia se compone el tiempo de los carreros? Es el Coyhaique de las transiciones, de las primeras acciones de los regidores, funcionando en la capital, Puerto Aysén. Ahí se entreveran los silencios del barro, los barquinazos infinitos y el resoplar de los belfos de los viejos matungos, o de los brillantes espumarajos de los bueyes parsimoniosos. Y entonces se pegan a la historia los instantes pretéritos llenos de kilómetros y distancias de los carreros, el incansable Santiago Muñoz, el patriarca Delfín Cordero, el vigoroso Demetrio Mardonez, el diligente Manuel San Martín. Luego se unirán los incomparables esfuerzos de Manuel Raín y los Muñoces, Custodio y José, del carpintero Alfonso Almonacid.
Sin ellos los primeros, feroces y brillantes enfrentados al abismo de los albures. Sus carromatos toman las huellas y avanzan en silencio por el tiempo. Cerca de cincuenta carros en pleno encuentro con los cambios, atraviesan duras jornadas en medio de un Coyhaique en ciernes, circulando el día a día. Carros que abren todas las puertas, carros que acceden a vueltas atrasadas, que nadie se puede imaginar. La historia regresa a contarnos sus secretos. Los hombres de los carros siguen respirando entre nosotros.
Hacia la Ensenada del Valle…
Viajo contento a la Ensenada enredado en la trama de la memoria y arrancando a gritos los calafatales. Hay nombres ahí, muchos de ellos perdidos en el olvido. Son nombres que transitan desde los albores del XIX y que se detienen en un indefinible sentido de tiempo, y se instalan en sus infinitas estaciones.
Tengo que juntarme en el valle una tarde despejada de Noviembre porque me llaman de la familia de David Castillo, poblador temprano, que cuando llego se encuentra cosechando cerezas bajo la sombra cálida de su huerta del valle. Lentamente fueron apareciendo bajo la cubierta de sus palabras los nombres mágicos del Tío Chito, profesor contratado por los colonos en pleno 1946. Por esos pagos, antes de entrar al predio de Kiko Silva, sector El Bajo, lo piden los padres para enseñar a sus hijos. Y Miguel Rivas le construye una pequeña casa para que pueda quedarse en el lugar.
Me dice fuerte y sonriendo que en el campo de Juan Roa crecen sus hijos, reparando ruedas, construyendo pistolas con fierros viejos, confeccionando argollas para las bodas. En algo parecido a un avión han visto volar a Hermenelio Roa lanzándose por suaves lomajes, cerca de La Confluencias en el Huemules con el Blanco.
Oscar Juica es practicante de carabineros. Vive en el cruce La Cordonada cerca de Miguel Rivas, el cual decide mandarle construir una casa para tenerlo a mano en caso de enfermedad o accidente. Es el practicante más conocido de los parajes, recorre trayectos de urgencia a caballo, galopa suelos de día y de noche, asiste a cientos de pobladores aquejados por diversas dolencias, algunas graves, otras simples, utilizando la misma jeringa durante todo el mes, la que es aplicada a decenas de cuerpos diferentes. Su sapiencia y talento innato logra sanar graves dolencias, extinguir dolores atroces, eliminar malestares. Cuentan que se queda junto al enfermo por noches enteras, hasta que éste logra la recuperación. Viven por ahí Tomas Baeza, poblador que ocupaba el campo que fue de Joaquín Martínez. También Hermógenes Mora, Remigio Martínez, José María y Armando Rojas. La matrona Eduvina Torres recorre La Cordonada casi entera. Es la mujer de Juan Silva, enseñada en el oficio de matroneo por la inolvidable Rosario Orellana.
En 1921 se produce la gran creciente, con fachinales tupidos en las Confluencias y árboles encajados en las lomas. Los animales son arrastrados por muchos kilómetros y por ahí salen con alarma en los sentidos y miedo en las pupilas los vecinos Domingo Zapata, Roberto Jaramillo, Miguel y Rudecindo Parra. Ya están trabajando en las faenas invernales Pardo y sus hermanos, Baldomero y Matías. Le acompañan Pedro Troncoso y Máximo Sandoval éste último, víctima fatal del accidente de aviación en Villa La Tapera.
El Emporio Rosado
Por la tarde llego de golpe al Emporio Rosado. El nombre se debe al color que se ha escogido para pintarlo. Subo la cuesta por Bilbao, cerca de la casa de Belarmino Bahamondes, el de los libros prestados, cuando ya me encuentro algunas líneas solo, muy lejos de la profesora.
La fiesta de la fruta comienza en Puerto Aysén, cuando los camiones se acercan a los barcos recién llegados para comenzar el cargamento y traer la mercadería hasta Coyhaique. Es fruta de segunda y tercera que se comienza a descargar en pequeños espacios donde funciona el emporio y la casa de don Manuel en calle Pedro Aguirre Cerda con Bilbao. A la vez, aquel lugar constituye lo último de la ciudad, los espacios marginales donde termina Coyhaique. ¿Qué hay más arriba? Calafates y quilantales. Pero el negocio de los Velásquez no es el menudeo, sino la atención de grandes pedidos de los comerciantes fruteros, los hoteles y los servicios públicos, especialmente el Banco del Estado que descuenta por planilla de sueldos la mercadería que solicitan sus funcionarios. Hay que recordar que Coyhaique en aquella época no consume mucha fruta ni se vende ni se consume casi. Cuando don Manuel está en condiciones de comprarse un camión, se convierte en el pionero en la atención de frutas de Chile Chico.
En 1936 la ciudad está bastante bien conformada, aunque todo es mínimo. El establecimiento definitivo de don Manuel ocurre en 1951, cuando se viene junto a su esposa Lidia del Carmen Matus con quien se ha casado en 1948. En aquellos tiempos se vende el agua en barriles y se están superando los problemas de iluminación por la existencia de la usina de El Claro, aunque también la mayoría usa velas y lámparas Petromax. Sé aquel día que Manuel se ha ido a vivir a Puerto Montt, hacia donde viaja cuando lo entrevisto a bordo de la barcaza sobre la mar rizada de Quellón.
Nada de tiempo, nada de líos, acosos, salvajismo o barbarie. Los tiempos de antes nos trajeron la profunda emoción del silencio, otro Coyhaique más sereno aún, más transparente todavía, donde las palabras se escuchan, el viento trepa escalas musicales y la gente se acerca y confía. Detrás del viento. Siempre detrás por si acaso.
------ Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
.jpg)
Grupo DiarioSur, una plataforma de Global Channel SPA.
Powered by Global Channel
229919