Historias DiarioSur

En Puerto Gaviota de Aysén los campamentos de plástico

Por Óscar Aleuy / 20 de septiembre de 2025 | 23:51
David Gallegos, el anfitrión, nacido en Toltén. Al lado Heriberto Sánchez, vivió tapado por náilon en los 80. (Fotos autor)
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En un ambiente lleno de sorpresas, historias y nudos desatados, me fui a sentar a una barca que me esperaba en las orillas de un puerto desconocido, una tarde de verano de 2019.
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Primero estuve en Cisnes, luego en Santo Domingo, después en  Melimoyu y rematé con Gala y Gaviota, dos pequeñas caletas, cuyas veredas y calles son de madera, una infinita y libre pasarela gigante que construyeron los mismos pescadores sobre los roqueríos y senderos pastosos con mallín.

En estos puertitos siempre hay una historia con gente que levanta y enarbola el orgullo que dan las asociaciones gremiales. No es cosa de fundar y vivir, porque las autoridades no permiten ciertas libertades. Entonces, según lo que me dicen los lugareños, hubo una AG que era muy grande y que fue algo histórico para nosotros, por sus buenos dirigentes y en donde en todo momento se fue dando una pelea a muerte contra las disposiciones que entrababan cualquier iniciativa o petición. La batalla más dura es la que se libró para que no los expulsen nunca de sus nuevos lugares, ya que como es bien sabido por todos, habitan al resguardo de un parque nacional, lo que exigía orden y organización, además de la presencia de un buen presidente. Recordaron todos a Guillermo Quintana, que era de Coyhaique, también a Nelson Arroyo que es fallecido y a Manuel Urrutia. Con ellos se logró presentar un pliego de peticiones al mismo Ministerio en Santiago solicitando a la Ministra de Bienes Nacionales de la época Adriana Delpiano que llegara en persona al litoral de Aysén y se diera cuenta de lo que estaba sucediendo ahí.

Este acontecimiento entronca directamente con el otro relato de Mario Acevedo, el Alcalde de Mar de Puerto Gala, cuando nos compartiera el suceso que cambiaría para siempre los destinos de las caletas e islotes del litoral. Recordamos que Acevedo y el arquitecto provincial desviaron de la ruta protocolar a la ministra Delpiano cuando desembarcó de la nave a la lancha de acercamiento, y literalmente la raptaron para mostrarle la realidad de las islas y caletas. Y fue después de eso que se redactó el decreto de poblamiento.

En Puerto Gaviota también ha pasado diversidad de gentes que habitaron y formaron parte de sus primeras comunidades. Familias que han hecho patria y que han entregado su vida y su pellejo para que esto tuviera sentido. Baste con nombrar a los destacados primeros, la señora Miriam con su hermana Grecia, ambas cisnenses que levantaron Gaviota y no dejaron de nombrar con intensidad y grato desparpajo a las familias Cárcamo, a los Millalonco, a los Contreras…

Ocupación y colonización en campamentos

Puerto Gaviota en Cisnes, la gloria y la majestad de una comunidad acostumbrada a seguir adelante. (Foto autor)

En el caso de Gaviota, la ley de ocupación y colonización no fue necesaria, ya que cuando se dicta el decreto de poblamiento, viven en las ranchas de plástico unas quinientas personas. En este sentido, cobra suma importancia el hecho de que aquellos primeros habitantes habían construido viviendas improvisadas de la bahía. Por lo tanto lo que debían hacer ahora era lograr que la misma rancha crezca o comenzar a construir una nueva. Cada vecino, cada familia de Gaviota, hizo lo que pudo, aunque siempre estuvieron apoyados por gente del gobierno, en este caso, las diferentes municipalidades que transcurrieron con el tiempo.

En varios casos, algunos se las ingeniaron para conseguir tablas y tablones y fabricar sus pisos, manteniendo la construcción original. Se las ingeniaron utilizando materiales que conseguían de otros boteros como ellos y que traían seguramente de otros lugares. Mesas, estufas, pozos y letrinas comenzaban a aparecer. En otros casos, la cosa llegó más lejos. Algunos mandaron a pedir recursos a sus tierras y llegaron materiales de construcción, maderas, zinc, clavos y herramientas. Los loteos mientras tanto, llegaron a concretarse. Las familias y la gente sola fueron destinadas a sus propias áreas de habitabilidad. Y con eso, las ranchas comenzaron a desaparecer.

Éramos pobres pero nos ingeniábamos para todo, dijo Mauricio Molina. Recuerdo que la primera mesa la hicimos ocupando unas cajas de madera con las que se manejaba la sardina antes que llegaran las de plástico, gritó un Armando pescador. Con esas cajas clavadas pudimos tener nuestra primera mesa. Inventamos la vida así con esas cosas que eran producto del ingenio.

La conectividad de Puerto Gaviota es muy parecida a la de las otras localidades litoraleñas de la comuna de Cisnes. Todo ahí depende de si pasan o no las naves mercantes, las que surten de materiales, mercadería, maquinarias o parientes a los habitantes. Todo depende de estas barcazas que hacen un recorrido predeterminado. Pero tiempo atrás, la única posibilidad la encontraban en un buque destartalado y viejo, incómodo y nauseabundo que trasladaba pasajeros junto con ganado. Era el Calbuco. Luego llegarían la Pincoya y la Mailén y finalmente la Alejandrina. Cuando llegó esta última nave, muchos pensaban que era como estar en un verdadero yate y la mayoría así lo sentían. En el Calbuco los pasajeros viajaban amontonados como animales o igual que esas tropas de soldados en hacinamiento, a quienes les ordenan no moverse del lugar que les asignó la superioridad.

Ese santo llamado Ronchi

Cae también el peso de un gigante de la curia, el padre Antonio Ronchi, un santo con pinta de político, como un hacedor milagroso de la cosa pública y el flujo gobernante en medio del desarrollo y el buen funcionamiento de algunos frentes vitales.

El padre Antonio llega a Puerto Gaviota muy seguido y las gentes de la comunidad comparten y conviven muchísimo tiempo con este gran líder. Llegaba a dormir a la casa. Una vez al mes hacía su aparición por las diversas caletas que se alargaban por la orilla mostrando colores de paños y carpas. Y ahí se quedaba un par de semanas. A veces hasta tres, dependiendo de lo que se necesitaba hacer. Generalmente estaba todo por hacer, pero por arte de magia, cuando llegaba él, todo se apuraba y salían las cosas bien rápido. La mujer del pescador trabajaba de modista en la casa y siempre que llegaba Ronchi lo hacía cantando o recitando, echando la talla, tonteando pero radiante y feliz. La dueña de casa se desvivía para hacerle los remiendos y las hechuras en todas sus ropas y especialmente en la sotana tan raída y de un color muy sucio (tal vez por eso el apodo de padre rasca). Me miraba a los ojos y con la mirada y sin palabras me preguntaba casi en silencio, todas las cosas que le llegaban a sorbos, comentaba.

En ciertos días se iba a integrar a las labores duras del aserradero, donde la madera de los bosques se llevaba y se elaboraba con un gran equipo de gente experta. El campo se llamaba Playante y estaba a cargo de su ayudante de confianza don Tito Bustamante, que era una especie de peón de don Antonio y gobernaba un bote pobre, muy escuálido y débil, incluso sin pintar, una embarcación que servía para extraer a Ronchi de los barcos o de las barcazas y llevarlo al pueblo en formación, arrollado con plástico dentro del bote de su peón.

El cura se levantaba al grito de Bustamante.

—¡Llegamoooss! —gritaba.

Y Ronchi, ya de pie, agitaba los brazos a las personas que se encontraban esperando y acto seguido entonaba la cantinela que le hizo tan famoso en todos los sectores, comunidades, pueblos y gentes de Aysén:

Caminar, caminar, nunca para atrás mirar/Caminar, caminar, siempre avanzar, /caminar hacia ti oh, Dios /Y llevar en el alma el deseo de triunfar/ Siempre sonreír y olvidar que hubo que partir.

Una faena de pescas

Sergio Alvarado Oyarzo, también estuvo hablando. Es de Ñirehuao y se trasladó a las caletas. (Foto autor)

No puedo evitar rematar con las faenas con el tremendo caudal de información que nos propone David Gallegos, mi anfitrión en una casa que se ve dominante frente al mar por donde se va de pesca, dejándome solo ahí. Con sinceridad y altura de mira, nos deja este regalo. 

Luis Díaz, gaviotense hasta la muerte

Nos levantamos a las 5 de la mañana y salimos al Canal Moraleda para llegar a la isla Las Murtas a dos horas de Gaviota para empezar la faena de calado y dejar los verticales funcionando para que recojan el producto. Calamos 35 materiales y luego de terminarse este procedimiento en un funcionamiento de 3 a 4 horas. El calado del que hablo es cuando se inicia un proceso donde el pescador va encarnando los verticales (anzuelos que penden del bote). Hay un espinel con boyerín, una línea de mano que contiene unos 50 anzuelos con monofilamentos donde se hacen los armes cada cinco y abajo se encuentra la piedra potala para que todo esto permanezca a pique. Y en eso consiste la faena de la mañana, dejar 35 a 40 espineles a pique. Una vez levantada esa estructura de pesca, uno se va a almorzar mientras se espera que piquen los peces en los anzuelos y queden atrapados. 

Técnicamente se esperan unas tres a cuatro horas mientras se almuerza o algunos toman mate. No es rápido, ya que el proceso armado, o sea los calados, deben reposar un buen tiempo para que sea después más fácil obtener más productos. A los anzuelos se les ponen diferentes tipos de carnadas, pejerrey, sardina y a veces un smolt, un salmón pequeño que hay que comprar en las plantas pesqueras.

Llega un momento que nuestro equipo de extracción vuelve a recoger, comenzando por levantar la línea y observar cuánto producto va saliendo y ese mismo producto lo vamos limpiando al tiro, destripar y extraer vísceras, para ir después depositando el producto limpio en la bodega de la embarcación. Hay que aclarar que a nosotros se nos descuenta en la cuota de pesca el porcentaje de vísceras que equivale más menos a un 9.90%, nos revela.

La captura de la jornada equivale a un aproximado de 500 kilos de merluza y 200 de congrio, eso cuando se da una jornada con suerte. La lancha vino pesada para los dos pescadores que maniobramos todo durante la captura. Eso es bueno, lo de ayer es muy bueno.

Todos los botes, lanchas o embarcaciones tienen una bodega diseñada para acumular el producto capturado. Aunque aún no se somete a proceso de hielo, el producto se mantiene bien conservado debido a que las bodegas de la embarcación se encuentran bastante bien diseñadas para cumplir este propósito. Por eso, el proceso de frío comienza cuando se termina la faena y la nave llega de regreso hacia el lugar donde salió en la mañana.

A las 20 o 21 horas se va encajando el pescado, se va subiendo y arriba se va lavando para que quede muy limpio, luego se encaja y se ponen las cajas plásticas en hielo. Inmediatamente se sube así al camión frigorífico que está esperando en el muelle.

Últimas contadas

Cada embarcación tiene un RPA, clave identificatoria para los efectos tributarios y todo el producto entregado a los frigoríficos se factura y la empresa compradora finalmente comercializa el producto a la Unión Europea. Todo en regla, porque si la embarcación que extrae y vende, no tiene su Rol RPA ni papeles de sanidad pesquera, con seguridad el producto va a ser rechazado.

En Puerto Gaviota ha disminuido bastante la flota de extracción y actualmente deben estar quedando unas 17 embarcaciones, o sea, unos 40 y algo de pescadores. No es malo para nosotros esta faena artesanal.

Cerca de los años 85, se produjo la baja y el exterminio del recurso loco, ya que la extracción excedió todo límite. Las cosas quedaron a medio camino y al haber baja en la actividad, Sánchez pensó cuál sería su próximo desafío y se decidió a unirse al grupo de nómades de las Guaitecas, junto a cerca de un millar de pescadores que se habían asentado en ranchas de plástico en las costa de varios puertos y caletas litoraleñas. A él le tocó Gaviota, un lugar antiguo de extracción,  donde no sólo existe el puerto de refugio que se ve de todos los puntos de la caleta. La gente es unida. Todos se conocen. No es algo chico como parece. Hay unidad hasta en el corazón.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

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