La Iglesia, afable y luminosa, se erguía a las alturas para que los niños miráramos de cerca los milagros de las tardes de invierno, entreverados entre la nieve blanca de Julio y un par de trompos grandes que zumbaban sobre los baldosines de la escuela.
Los padres Bruno, Alfonso y Herminio se desvivían por entregarnos sus extraños consejos, mezclando los sermones con los cansinos tañidos del campanario y aquel viejo torreón de madera con ventanucos que también sucumbiera por el avance demoledor del fuego.
La iglesia catedral del pasado coyhaiquino había sido construida por el padre Aquiles Barría y cuando se quemó aquella tarde de templada primavera, comprendimos que Coyhaique se empezaba a quedar sin un santuario para la espiritualidad. Pasaría un tiempo relativamente largo antes de que los mismos padres de la congregación presentaran un nuevo diseño para la construcción de la Gran Iglesia Catedral que hoy es principal orgullo arquitectónico del centro de la ciudad.
La construcción fue un designio del alma del pueblo

Dicho proyecto fue aprobado casi sin objeción por el recordado obispo de la época Monseñor César Vielmo, disponiendo de él para su realización el arquitecto Eugenio Retamal González, quien proyectó la obra, siendo calculista Félix Lazo y dirigiendo las obras un hombre excepcional, el arquitecto Eduardo Retamal, hermano de Eugenio. El estilo del templo presenta impactantes ribetes de innovación para la época, sin caer en formas tan futuristas ni tampoco barrocas. El edificio fue pensado para el hormigón armado en su totalidad, y es asísmico. Pero, por motivos técnicos, su techo está cubierto con planchas de zinc o fierro galvanizado. La iglesia sigue la forma de una cruz, y mide exactamente 42 metros tanto la línea horizontal como la vertical. Las bóvedas interiores arrancan de muros de 2,50 metros de alto hasta alcanzar 15 metros, que es la distancia entre el piso y la cúspide. El templo presenta tres amplios ventanales y tres bóvedas laterales con sus respectivas puertas. El interior es de una solemne sencillez y provoca fascinación al visitante por su aspecto rústico. Los ventanales son de fierro y fueron construidas por la firma Dembinsky. Hay uno de ellos que permanece incrustado en la fachada principal y mide nada menos que 65 metros cuadrados de superficie, teniendo, en vez de vidrios de cristal convencionales un impresionante acrílico de colores al estilo de los vitrales de las catedrales góticas. Remata esta gran obra una enorme cruz de madera, el sagrario y la Virgen de los Dolores, Patrona de esta parroquia, al igual como lo fuera la que se quemó anteriormente, la Virgen del Carmen de la calle Freire. Sólo una efigie de la antigua virgen del Carmen de la anterior catedral de 1960 se conserva como salvada de las llamas, y es de color azul pálido, situada en uno de los pedestales más queridos por los de la congregación, ya que los fieles ven en ella el símbolo de la permanencia entre dos épocas bien marcadas.
Detalles que marcarían la diferencia
Todo el conjunto del ábside se presenta soberbio y colosal, con una magnificencia que a veces excede y redunda, en la entremezcla con la sencillez del altar. Este altar, ubicado justo en el centro del crucero fue construido íntegramente de coigüe, la madera típica de nuestras construcciones autóctonas, confiriendo a su cubierta de una sola pieza una notable característica. El conjunto pesa cerca de una tonelada y media. Las enormes puertas de mañío del templo constituyen un producto diseñado y fabricado por la desaparecida empresa IMA, Industria Maderera Aysén, de propiedad del vicariato, siendo forjada toda su cerrajería también por la firma Dembinsky. La impresionante catedral podría ser mejor descrita técnicamente por los entendidos, pero nuestra intención es hacerlo con lo que podemos y tenemos. La descripción tal vez carezca de los elementos técnicos que dominan los ingenieros. La obra fue inaugurada un 25 de Enero de 1970, en un solemne acto presidido por el Nuncio Apostólico de la época, monseñor Carlos Martini. Esta magnífica iglesia representa no tan sólo un espacio físico capaz de convocar a miles de fervorosos fieles católicos, sino también una búsqueda en el tiempo de la luz que la ciudad merece, una permanencia y un transcurso cuyos caminos son guiados adelante por la divinidad siempre reinante.
Remigio Gubaro, el hacedor

El padre Remigio Gubaro era esbelto, alto, delgado, piel blanca muy pálida con profundos ojos oscuros y negra cabellera. Su imagen era la de un italiano joven y vital que irradiaba alegría y buen humor dondequiera que fuese en aquel Coyhaique de fines de los cincuenta. Aún lo tengo en la memoria, cuando una linda fotografía llegó a mis manos para una revista que publiqué en 1988 cuando Coyhaique estaba de aniversario. En esa imagen se ve a Gubaro junto al obispo de Llanquihue Monseñor Teodoro Eugenin y el teniente Sergio Vergara, durante la bendición de una parroquia que llamaron del Carmen, ubicada en la calle Freire, lugar de culto y santidad por muchos años, incluso hasta los días de hoy. Fue Gubaro uno de los principales émbolos y gestores del proyecto Parroquias para un Coyhaique que crecía inexorable, arrastrando un enorme rebaño de promesantes. El sacerdote había llegado hasta allí en 1948, estimando pertinentes las dos construcciones, una parroquia para el sector central, específicamente al lado de la plaza, y otro para la calle Freire, sector conocido como pueblo nuevo. Pero estas cosas no llegan por obra del Espíritu Santo, ni con fondos estatales ni menos por decretos de la todopoderosa curia romana. Simplemente hay que ingeniárselas para buscar los fondos, y conseguirlos entre los mismos vecinos que fue lo que hizo el padre Remigio, al solicitar una reunión a los habitantes más conspicuos e influyentes de la ciudad, para tratar el único punto de la tabla: Parroquias para Coyhaique. La reunión con los vecinos fue exitosa y en breves semanas se formalizó la construcción de ambas capillas. Pero sabiendo que dichas obras demorarían, Gubaro determinó primero la construcción de una iglesia pequeña de madera en el mismo sitio. Es la iglesia que se quemó.
El tiempo entre el púlpito y las banquetas
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La primera parroquia ha sido con el tiempo muy recordada, especialmente por los chicos que fuimos ahí bautizados, recibimos los sacramentos y vivimos los domingos de misa durante nuestra niñez y adolescencia. De tal modo que esa iglesia, parroquia o capilla que sufriría los rigores del incendio de esta historia, había sido inaugurada a fines de 1948, faltando un mes para las celebraciones de la natividad de Jesús. Mientras tanto, y en forma casi paralela, se erigía la Capilla del Carmen, la que era inaugurada dos años más tarde, también durante el mes de Noviembre y que es la foto que he comentado recién. A propósito, huelga decir que en esos lugares sagrados donde se erigió la parroquia de la plaza, comenzaron a levantarse los cimientos de una obra provisoria donde funcionaría el primer colegio Baquedano. El espacio asignado para las primeras salas fue la parte de atrás de la capilla, la que da hacia la calle Riquelme. La construcción de un gran edificio para la escuela se iniciaba en 1950 en los sitios que correspondían a un aserradero que funcionaba con fondos del Vicariato bajo el nombre de Sociedad Maderera Aysén.
Gubaro se fue de Aysén en 1953, dejó andando el proyecto y nunca regresó para inaugurarlo. Una pena. Aunque, para que ustedes sepan, tampoco fue miel sobre hojuelas la vida inicial de la Escuela Baquedano, ya que en 1958 un brutal incendio destruyó esta obra casi en su totalidad, dejando a unos trescientos estudiantes sin colegio. Fue por esa razón que este colegio fue trasladado provisoriamente a la calle Riquelme, posterior a la pequeña capilla que ya estaba funcionando. Su directora era sor Alejandra Montti, de las Sierva de San José, provista de una brillante trayectoria y de una entrega incondicional. Sin dejar de sembrar, estas religiosas y esta escuela siguieron recorriendo una huella silenciosa mientras se construía la nueva y definitiva casa educacional en la esquina de Freire y Simón Bolívar. La que hoy todos conocemos como Colegio Mater Dei. Al lado de la construcción que sirvió de albergue a la escuela Baquedano, ubicada detrás de la capilla de la plaza, se encontraba una parte olvidada de la manzana de los curitas, el frente de la esquina Plaza Riquelme. En este lugar se decidió construir una capillita que cumplió durante décadas y hasta hoy sus funciones de sagrado albergue espiritual. Lleva el nombre de Nuestra Señora de los Dolores y fue inaugurada en Diciembre de 1942, siendo sus primeros párrocos el padre Cola y el padre Anastasio Bertossi.
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