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Por Mario Guarda , 23 de junio de 2024 | 18:06

La noche de San Juan y la leyenda de los entierros

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Hacia la medianoche del 23 de junio es el momento de buscar los entierros. Imagen referencial. Créditos: Archivo.
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“Los entierros, pertenecen un poco al misterio, a la brujería, a las alucinaciones, en las que no faltan extraños aparecidos o luces que se corren”. La noche mágica de San Juan es parte de las creencias populares.

“Si vemos cosas, son puras visiones compadre, es el entierro que no quiere que lo pillen así que tenemos que seguir cavando”, ese habría sido el tenor de las palabras que un hombre le dijo a su amigo rato antes de ir al lugar indicado para sacar un entierro con la esperanza de tener riqueza en sus manos.

Y partieron esa noche de vísperas de San Juan hacia el camino en dirección a Las Quemas, en Futrono, ubicando un punto donde unos años más tarde se levantó la población Los Castaños, donde unos minutos después se desarrollarían los hechos que ya voy a comentar.

Esa historia me la compartió alguien hace muchos años indicando que, probablemente en la década de los 80, cuando aún no existía el barrio Los Castaños y todo ese sector eran extensos potreros, dos amigos tomaron la determinación de ir a buscar un entierro, ya que se comentaba que en dicho lugar de seguro había uno.

¿Qué son los entierros?

En un Futrono mucho más rural de lo que es hoy y con creencias más arraigadas en lo antiguo, era común que los relatos de aparecidos, animales mitológicos, chonchonas o ciertos personajes que supuestamente pactaban con el diablo, se compartieran entre familiares y amistades.

Por eso, la creencia en los entierros era algo tomado por muy real, pero ¿qué son los entierros? 

Básicamente se trata de relatos que apuntan a la existencia de un tesoro enterrado, hay quienes dirán que esas riquezas pertenecieron a los conquistadores españoles, otros que de los antiguos mapuche, lo cierto es que la tradición nos ofrece la imagen del descubrimiento de piezas de oro y plata contenidos en una vasija de greda.

“Los entierros o tapados, pertenecen un poco al misterio, a la brujería, a las alucinaciones, en las que no faltan extraños aparecidos o luces que se corren”, dijo el folclorólogo y recopilador chileno Oresthe Plath, en su obra “Folklore Chileno”.

“Es sabido que, en los tiempos antiguos, no había bancos ni cajas de fondos y el temor a los robos hacía que los valores se enterraran en hoyos en el suelo o en cavidades que se practicaban en los murallones”, agrega el autor.

Quizás la leyenda que mejor se aferra a esa definición de un entierro es la que habla del oro de Pedro de Valdivia, el que se hallaría oculto en algún lugar del camino entre Pitrufquén y Villarrica.

Por otra parte, las personas solían guiarse por ciertas “señales” que indicaban la posible ubicación de un entierro, a lo que se refiere el mismo Oresthe Plath: ruidos de cadenas, luces que se mueven, entre otros, y la noche de San Juan es la fecha ideal para buscar los entierros, ya que los espíritus custodios de esas riquezas están imposibilitados de usar su poder. 

Sin embargo, esas indicaciones tienen otra explicación desde la cultura mapuche, más fundada en los ciclos naturales.

Según lo que me comentó en Osorno hace años Ponciano Rumián, reconocido cultor williche, lo que conocemos como noche de San Juan es en realidad el cambio que se produce en el solsticio de invierno y que el mapuche conoce como We Tripantu.

Por eso en dicha noche, las energías naturales de la tierra se “reacomodan” dejando en evidencia ciertas propiedades de los metales, de tal forma que las mencionadas luces o llamas que se verían en el lugar de un entierro responden a una liberación gaseosa, propia de ese momento del año.

También hay otras manifestaciones que indicarían la naturaleza de esas riquezas, es decir, su origen “bueno o malo”. Por ejemplo, la aparición etérea de un perro pequeño y amistoso, o un ternero, que son animales domésticos y mansos, serían la prueba de que el entierro es custodiado por fuerzas benévolas.

Al contrario, si en el lugar se presenta la visión de un perro negro y amenazante, o alguna sabandija, es claro que esa riqueza oculta no quiere ser encontrada y es propiedad de fuerzas malignas.

Por eso es que hace décadas, esos dos amigos futroninos que fueron a buscar riqueza a algún punto donde hoy es Los Castaños, primero se bebieron una generosa cantidad de alcohol para tener valor y no verse en la necesidad de escapar en caso que alguna visión amenazante les obligara a huir.

“Son puras visiones nomas”, reforzaron mutuamente su decisión de seguir cavando hasta hallar el codiciado cántaro lleno de oro que luego se repartirían para dejar atrás las necesidades y el trabajo duro.

Pero como dice el dicho “el hombre propone y Dios dispone”. Esa noche, inescrupulosos cometieron abigeato en las cercanías y los afectados dieron cuenta del hecho en la Tenencia de Futrono, por lo que los carabineros “andaban bravos” como decía la gente en la época.

El carro policial (la Cuca como le llamaban al furgón policial pintado de blanco y negro) subió por el camino a Las Quemas, divisando a dos sujetos que sospechosamente se encontraban cavando con palas en medio de un potrero.

“Son visiones nomás” se dijeron los amigos cuando vieron estacionarse al furgón policial. “Son visiones nomás”, se repitieron cuando los carabineros avanzaron hacia ellos. “Son visiones” repitieron una vez más cuando uno de los carabineros los conminó a identificarse y decir qué estaban haciendo allí a esa hora.

Cuando uno de ellos recibió un lumazo la realidad llegó literalmente de golpe. Claramente no eran visiones y claramente no desenterrarían la esperada riqueza.

Autor: Mario Guarda Rayianque.

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